26.5.06

25 de Mayo - Magdalena Sofía Barat



Magdalena Sofía nació cuando se declaró un incendio en la casa vecina en donde su madre pasaba los últimos días de su embarazo. Por eso cuando le preguntaban quién la había traído al mundo, respondía: "El fuego". Aunque su padre era tonelero, tenía un hermano vinculado a la disuelta y perseguida Compañía de Jesús, que se obsesionó en que estudiara y la convirtió en una erudita. Algo bien poco común en ese tiempo. Pero ya había leído el evangelio y quería "pertenecerle". Pensó que debía enclaustrarse como monja carmelita. Finalmente y luego de muchas dificultades dió orígen a un grupo de mujeres que mas tarde se autollamaron "Sociedad del Sagrado Corazón" (Societé du Sacré Coeur) A pesar de el apodo de "Damas del Sagrado Corazón" o en Chile el aristocratizante nombre de "Monjas Inglesas", las hermanas de esta congregación declaran ser bien distintas a la caricatura que han hehco de ellas, especialmente después de los 60`s. Aunque ahora ya no usan la característica cofia coarrugada, proponen, igual que hace 2 siglos la importancia de la mujer en la sociedad y de la educaión total de esta.

9 comentarios:

magdalena dijo...

Una educación en la fe
La contribución de las Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús a la instrucción femenina chilena en el siglo XIX

A la hora de estudiar la educación femenina en el siglo XIX chileno, no se duda en dar especial protagonismo a las congregaciones religiosas francesas llegadas a Chile en ese mismo siglo. De gran importancia fueron los Sagrados Corazones de Jesús y María y la Sociedad del Sagrado Corazón. La primera llegó en 1837, y la segunda, en 1853. El propósito de este artículo es mostrar, por una parte, los orígenes de la Sociedad del Sagrado Corazón, y, por otra, la novedad que implicó para la sociedad chilena la educación brindada por sus religiosas.
A pesar de que la Sociedad del Sagrado Corazón fue fundada en 1800 por Sofía Barat, y la podemos contar como una de las tantas congregaciones religiosas activas que nacieron en Francia después de la Revolución, es necesario remontarse más atrás para comprender realmente su significado en el ámbito educacional.
En Francia solo se puede hablar de la existencia de una educación femenina a partir del siglo XVII. Puesto que, luego del Concilio de Trento, la Iglesia se vio en la necesidad de fomentarla como un medio de luchar contra el protestantismo. Para esto se valió de nuevas congregaciones religiosas, hijas del espíritu tridentino1. La Iglesia esperaba que se les diera a las mujeres desde su primera infancia una educación profundamente cristiana, para poder ejercer más tarde una buena influencia sobre su marido e hijos, dando a su familia sólidos principios religiosos2.
Estas órdenes religiosas vieron desaparecer a sus conventos con la Revolución Francesa que, en su guerra contra la religión, los eliminó en 1790. Sin embargo, a pesar del carácter anticlerical de la Revolución y de los estragos sufridos en la época del terror, la Iglesia francesa no solo logró sobrevivir, sino que incluso se robusteció. Y, una vez más, quiso valerse de la educación femenina para salir adelante. Se constituyó en una de sus misiones más importantes, convencida de que la educación cristiana de las madres incremen¬taría la fe en las generaciones siguientes3. Napoleón, por su parte, vio en el catolicismo una importante fuerza para el orden social y político, por esto, fue un gran impulsor del establecimiento de las nuevas órdenes activas: “nada de contemplativas ociosas, sino únicamente hospitalarias y profesoras”4.
El siglo XIX prestó mayor variedad en las posibilidades de la educación femenina. Ya no se trataba solamente de la educación que podía recibirse en los conventos, sino que además comenzaron los pensionados laicos y también existió la posibilidad de educar a las niñas en sus mismos hogares5.
Sin duda, para dar a las niñas una educación verdaderamente cristiana la mejor opción era el convento. Después del Concordato de 1801 entre Napo¬león y el papa Pío VII, los conventos que habían sido clausurados con la Revolución volvieron a abrir sus puertas, pero el monopolio de la enseñanza la tuvieron, principalmente, las congregaciones hijas de este siglo6.
Estas fueron una respuesta a la voluntad de reconquista espiritual que se vivió en la Francia posrevolucionaria. Hubo una verdadera proliferación de órdenes religiosas femeninas que se distinguieron por ofrecer una ayuda caritativa organizada para solucionar necesidades concretas de la sociedad. Se dedicaron preferentemente a satisfacer demandas hospitalarias y a la educación. Todo esto sin abandonar las prácticas de piedad heredadas de los antiguos conventos. Aunque no fueron todas idénticas, sí tuvieron rasgos comunes, como, por ejemplo, el hecho de tener cada cual una fundadora, figura central que imponía un sello a la nueva comunidad7; la existencia de una Casa Madre de la que dependían todas las demás casas de la congregación8; estaban bajo el control del obispo o su representante; pero lo fundamental fue que se trató de órdenes activas, presentes en el mundo9. Todo esto fue un reflejo de la renovación del catolicismo en el que las mujeres pasaron a ser la figura cen¬tral10.
En cuanto a las congregaciones dedicadas específicamente a la enseñanza, estas fueron favorecidas por la aceleración de la alfabetización femenina, el interés creciente del Estado por la educación primaria y el establecimiento de colegios exclusivos para niñas11. Por esta misma coyuntura, las educacio¬nistas tuvieron la posibilidad, en ciertos casos, de lucrar con el apostolado que ofrecían12, ya que fueron muy eficaces en lograr sus objetivos y tuvieron aptitudes para lograr rendimientos complejos, tanto en los campos, como en las ciudades13. Crearon distintos colegios, según los distintos grupos sociales. Así, sus capacidades se adaptaron a clientes diferentes. Incluso lograron llevar su influencia a sectores muy alejados del mundo de la enseñanza14. El éxito que alcanzaron en la enseñanza se explica entonces por sus buenas prestaciones y porque tuvieron un rol en lo público y en lo privado. Por esto, la contribución de la Iglesia a la educación primaria en la Francia decimo¬nónica fue enorme15.
Los conventos educacionistas tenían, en la primera mitad del siglo XIX, un personal adecuado para impartir enseñanza. No cualquiera podía entrar a una congregación. Se exigían requisitos mínimos, como: ser hijas legítimas, provenientes de una familia cristiana, buena salud16, edad suficiente17 y un grado básico de instrucción, a saber: lectura, escritura, buena memoria, nociones de gramática y aritmética, entre otros18. La preparación docente la obtenían en el noviciado19, ahí las candidatas eran observadas de cerca en sus aptitudes y en su piedad. Además de las principales materias como: instrucción religiosa, lectura, gramática, aritmética e historia, se incluía en el currículo de las futuras profesoras religiosas el canto, las artes de agrado, los trabajos manuales femeninos y la pedagogía20.
El desgaste físico, la lejanía y la baja remuneración eran dificultades a las que debían estar dispuestas a afrontar las profesoras de la Francia decimo¬nónica. Las congregaciones ofrecían a sus docentes algo mejor: los beneficios de una identidad corporativa y la posibilidad de ser misioneras y educadoras a la vez21. El sentido de pertenencia a una comunidad era la gran diferencia con respecto al personal docente laico22. Sin embargo, esta singularidad implicaba una seria obediencia a la regla de la congregación correspondiente, sobre todo, por tratarse de religiosas que ofrecían un servicio, muchas veces, muy lejos de la Casa Madre.
Aunque desde principios del siglo XIX ya no se ponía en duda el derecho de las mujeres a educarse, ellas recibían una instrucción muy distinta a la de los hombres. Esto se fundaba, por una parte, en las diferencias entre hombres y mujeres, que hacían que requirieran estudios distintos23; y, por otra, en el fundamento mismo de la educación, basado en el rol de las personas en la sociedad.
La educación femenina en los pensionados conventuales del siglo XIX tuvo una gran acogida, no solo en Francia, sino que se propagó por gran parte del mundo. La Sociedad del Sagrado Corazón fue una de las tantas congregaciones que se dedicaron a la educación, pero tuvo la particularidad de ser una de las que alcanzó mayor prestigio24.
Fundada en 1800 por Sofía Barat y aprobada oficialmente por el papa León XII en 182625, tuvo por objetivo edificar la Sociedad del Sagrado Corazón según el tipo apostólico ignaciano y reconstituir la sociedad sobre valores cristianos, por medio de la educación de las niñas de las clases dirigentes26. Específicamente, se quería educar a las mujeres jóvenes procedentes, tanto de la aristocracia y de las clases medias altas, como también de los sectores más desfavorecidos. Esto se concretó con la fundación de internados y externados, ubicados normalmente en el mismo lugar27. En el siglo XIX no se mezclaba a las alumnas. Al lado de los pensionados para alumnas “ricas”, figuraban las escuelas para “pobres”. Esta segregación implicaba que no todas las niñas podían ser educadas de la misma forma.
Las primeras fundaciones llevadas a cabo causaban mucha curiosidad entre los vecinos. No era común, hasta ese momento, que mujeres solas se establecieran en una casa y empezaran a tener vida de oración e impartieran enseñanza. Era un modelo de vida religiosa activa que recién comenzaba en Francia. Por lo mismo, hubo muchas críticas e incomprensión28. No obstante, en pocos años las fundaciones se fueron extendiendo por Francia.
En cuanto a la vida de las religiosas, la fundadora, siendo una gran impulsora de la vida activa, no descuidó en absoluto lo que se refería a la vida de oración. Tomando como ejemplo a la Compañía de Jesús, daba mucho énfasis a la oración personal en la capilla, al silencio, al arrepentimiento público y a las restricciones alimenticias29. En definitiva, se apoyaba en la clausura para la oración, pero no quería rejas a la hora de educar30.
Ya en 1815 la Sociedad del Sagrado Corazón estaba formada por ciento ocho mujeres. En los comienzos de la Restauración se vio una actitud muy favorable hacia las nuevas congregaciones, lo que permitió que la Sociedad del Sagrado Corazón continuara expandiéndose; incluso se pudo establecer la primera casa fuera de Francia, el año 1818, en Luisiana. Sin embargo, en la década de 1830 especialmente, las religiosas fueron muy criticadas por su nivel demasiado elemental y por la falta de formación de las profesoras31. Probablemente influyó en estos cargos el hecho de que las Damas del Sagrado Corazón32 fueran vistas como demasiado favorables a los Borbones, lo que las llevó a tener más de algún enemigo.
Por el hecho de educar a la aristocracia y por haber logrado en ella un vivo interés de que sus hijas se instruyeran en los pensionados de la Sociedad del Sagrado Corazón, las religiosas fueron consideradas como elitistas. No obstante, según los parámetros de la época, habría sido contraproducente educar de la misma forma a las alumnas de las distintas capas sociales. Pese a esto, no se puede negar que los pensionados del Sagrado Corazón contaban entre sus alumnas y religiosas a niñas y mujeres pertenecientes a las mejores familias de Francia.
La expansión de la Sociedad alcanzó un ritmo impresionante en las décadas de 1820 y 1830. Además de las casas francesas y las de Estados Unidos, hubo fundaciones en el Piamonte y en el Imperio Austro-Húngaro. A pesar de los problemas internos que tuvieron Francia y Europa, tanto en los años treinta, como a fines de los cuarenta, la Sociedad no se debilitó y continuó difundiéndose por el mundo. Es más, la Superiora General seguía esforzándose en la formación de las religiosas y en el mejoramiento de la educación impartida en los colegios. Había que adecuarse a los tiempos. Con la revolución de 1848, en Europa muchas casas cerraron y quedaron religiosas disponibles. Esta coyuntura fue utilizada por Sofía Barat para llevar a cabo fundaciones más lejanas, como lo fueron las de América del Sur33 y de Cuba34.
El espíritu misionero fue propio de las religiosas del Sagrado Corazón del siglo XIX, que llevaban la caridad a distintas partes del mundo35. “En el siglo XIX, el mundo de las misiones estaba lleno de aventuras y heroicidad; había que adentrarse en lo desconocido, traspasar fronteras y descubrir nuevos horizontes. Era una vía que se abría a las religiosas, que les proporcionaba una autonomía que no era habitual para las mujeres de aquella época. La Iglesia apoyaba estas iniciativas teniendo en cuenta el propósito de estas misiones”36.
La partida a tierras lejanas y desconocidas era, muchas veces, sin retorno. Es interesante conocer el sentimiento de una de las tantas religiosas que dejaron su patria en el momento de partir: “Bajamos al pequeño barco a vapor que nos llevaría a la nave, ya mar afuera. ¡Es un momento bien solemne, mi Reverenda Madre, cuando se desatan las últimas cuerdas, cuando levantan la pesada escala!... ¡Se interrumpe entonces toda la comunicación con Francia! El barco comienza a moverse, todos se levantan como para decir un último adiós a esta querida Francia. Un silencio profundo sucede al rumor general de los adioses recíprocos. Nosotras, creo que renovamos al Señor desde lo profundo del corazón, la ofrenda de nuestro sacrificio para su mayor gloria y la salvación de las almas. ¡Oh, cómo sentimos en ese momento la gracia de las bendiciones de nuestras Veneradas Madres y las oraciones de nuestras queridas hermanas!”37.
Uno de los lugares más remotos a los que llegó la Sociedad del Sagrado Corazón en el siglo XIX, fue Santiago de Chile. Desde 1851, el arzobispo Rafael Valentín Valdivieso, había pedido a Sofía Barat una fundación para la capital de Chile, sin embargo, esta se concretó tres años más tarde, pues no se contaba con el personal suficiente. La fundadora consideró que la persona adecuada era Ana du Rousier, quien tenía bastante experiencia, pues había estado en el Piamonte entre 1823 y 1848, luego expulsada de allí se había ido a París, para después ser nombrada visitadora en las casas de América del Norte. En eso se encontraba cuando se concretó la fundación de Chile.
La petición de Valdivieso era muy clara. Él necesitaba profesoras muy bien formadas. El personal para Chile, decía, debía ser más selecto que el de Europa “no porque valgamos más que esos países, sino porque la distancia en que estamos reagrava las necesidades [...,] por acá la Prelada tiene que obrar por sí en casi todos los casos. En aquellas regiones, la reputación de la Congregación está bien asentada, al paso que aquí es poco conocida y las gentes formarán juicio de ella por las personas que compongan la Congregación”38.
El 23 de julio de 1853, Ana du Rousier recibió una carta de Sofía Barat que le pedía partir a Chile a llevar a cabo una fundación a pedido del arzobispo Valdivieso. Joaquín Larraín, eclesiástico chileno, la esperaba en Nueva York para acompañarla durante su viaje.
Al enterarse Ana du Rousier de que había sido elegida para ir a fundar a Chile escribió a Valdivieso: “Las religiosas del Sagrado Corazón aceptan con gratitud la proposición que se les hace de ir a trabajar por la gloria de Dios en la República de Chile, por la educación de las jóvenes”. “Enviaremos, pues, un número suficiente de maestras para enseñar el francés, inglés, historia, geografía, elementos de literatura e historia natural, física, mineralogía, botánica, astronomía, así como la música, el dibujo y las labores de aguja.
La instrucción religiosa y las virtudes domésticas son la base de la educación dada a las alumnas del Sagrado Corazón”39.
En Chile las posibilidades de educación para las mujeres eran mínimas y la vida religiosa solo ofrecía la posibilidad de la clausura conventual. Hasta ese momento, la mayoría se educaba en el espacio familiar, en el caso de la elite, o bien en las escuelas parroquiales, en el caso de los sectores más pobres. Hacía pocos años, en 1837, había llegado la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María, y estaba educando niñas en sus colegios de Valparaíso y de Santiago. En vista del éxito alcanzado por esta última y la amenaza del surgimiento de colegios laicos, para Valdivieso era muy necesario lograr traer a Chile a la Sociedad del Sagrado Corazón.
Las congregaciones tenían un personal calificado femenino sin equivalente en la sociedad chilena de la época, donde recién se comenzaban a profesionali¬zar los servicios y conocimientos a través de la educación pública masculina. Sin duda, en educación, estas monjas, eran lo más profesional de su época40.
Así como en la Francia posrevolucionaria, en el Chile decimonónico, la educación femenina adquirió gran relevancia para la Iglesia, reconociendo a la mujer como un agente educativo de primer orden en la familia. Más aún, considerando la coyuntura ideológica, en que la sociedad chilena estaba viviendo un proceso de laicización. Educando a la mujer en los valores cristianos, la familia, y, por lo tanto, la sociedad, se vería protegida del peligro anticlerical. Por esto, “las monjas debían educar a las madres para hacer del ámbito doméstico el bastión de la religión. Esto significaba una transformación del rol femenino. La sola familiaridad con la cultura escrita cambiaba el vínculo de las mujeres no solo con la religión, sino con todos los saberes. La educación de la elite femenina en sí significaba un cambio hacia prácticas modernas que transformaban la vida privada y la pública”41.
A pesar de las dificultades, una vez llegadas a Chile, las religiosas lograron un buen número de alumnas. No obstante, también el Estado quiso valerse del método de trabajo y el profesionalismo de las religiosas del Sagrado Corazón, al encomendarles, pocos meses después de su llegada, la primera escuela normal de preceptoras. Esta empezó a funcionar en febrero de 1854. Así, se estaba confiando a religiosas recién llegadas la formación del profesorado femenino chileno. Esto tiene mucha trascendencia, porque, si bien en todo el mundo, los colegios del Sagrado Corazón eran considerados como los más aristocráticos, se puede ver que, en Chile, las religiosas pudieron llegar a todos los sectores sociales. Con los pensionados educaban a la elite, con las escuelas gratuitas a las niñas más pobres, y, con la Escuela Normal a la incipiente clase media chilena.
Ana du Rousier llevaba más de un año en Chile cuando llegó la primera colonia de religiosas el 1 de noviembre de 1854. Gracias a este refuerzo pudo seguir ampliando su tarea educativa. Debido a la buena reputación de su forma de impartir enseñanza, pronto empezaron a ser solicitadas fundaciones del Sagrado Corazón en distintas partes del país. Así, en 1858, se establecieron en Talca; en 1867, en Concepción; en 1873, en Chillán, en este caso, también con una escuela normal; en 1870, en Valparaíso. Desde Chile partirían fundaciones a Perú en 1876, y a Argentina en 1880, poco después de la muerte de Ana du Rousier.
Estas fundaciones fuera de Santiago tuvieron grandes costos de todo tipo. Era volver a empezar en cada lugar. Además, los viajes mismos, como se nos relata en los diarios42 , eran peligrosos y sacrificados. Pero siendo el primer apostolado de las religiosas la educación, eran necesarias todas estas verdaderas aventuras en nombre de Dios, para ponerlo en práctica.
Esta “educación a la francesa” fue, sin duda, muy exitosa en el Chile decimo¬nónico, pues se trataba de algo novedoso: gracias a ella las niñas de la elite fueron escolarizadas. Tuvieron un sistema moderno de educación, que implicaba estar internas; según los parámetros de ese momento, la única forma de lograr una verdadera educación. Los conocimientos elementales fueron enseñados en forma sistemática, según un plan de estudios preconcebido que contemplaba las siguientes asignaturas: religión, lectura, caligrafía, historia, geografía, cosmografía, gramática, aritmética, literatura, mitología, física, his¬toria natural, labores de mano, piano y canto, dibujo y pintura. Sin embargo, el concepto de educación era mucho más amplio que el plan de estudios; se trataba no solo de instruir en conocimientos básicos a las niñas, sino que también de darles una formación moral profunda para poder enfrentar el mundo, y además la compostura necesaria y buenos modales dignos de su naturaleza femenina. En definitiva, las religiosas del Sagrado Corazón educaron según el papel de cada cual en la sociedad, en función “de las mujeres llamadas a impulsar la vida familiar, la vida de la Iglesia y la vida en el mundo, según los casos”43.
Sin embargo, la contribución de la Sociedad del Sagrado Corazón a la sociedad chilena no se limitó simplemente a las aulas de clases de escuelas e internados. Las religiosas también difundieron la devoción al Sagrado Corazón y las prácticas de piedad que implicaba, como, por ejemplo, la comunión los primeros viernes y el uso del escapulario. También gracias a esta congregación empezó a celebrarse solemnemente la Primera Comunión y lo mismo ocurrió con el Mes de María.
El modelo de vida religiosa activa, propio del tiempo, en los comienzos fue tan novedoso para los chilenos que no solo se sorprendieron de poder ver a las religiosas, sino que incluso llegaron a escandalizarse por la relación que tenían estas monjas con el trabajo doméstico y manual44. Esto es ilustrativo de la diferencia de costumbres que tenían las religiosas francesas con respecto a los chilenos en general. En palabras de Ana du Rousier: “Las que aspiran a ir a las misiones se forman a veces ideas muy erróneas sobre las pruebas que les esperan. En Chile no tendrán nada que temer de las culebras ni dor¬mirán tampoco en ranchos ni sobre pieles de búfalo ni se alimentarán exclusivamente de patatas, maíz y arroz; pero en cambio de estas privaciones imaginarias, tendrán realmente que comer el pan de la abnegación, a consecuencia del sacrificio de la patria, de las personas queridas, de las costumbres de su país para hacerse a otros usos y al distinto carácter de las niñas. Las que consideran desde este punto de vista el privilegio de trabajar en lejanas tierras, viven felices y son verdaderos apóstoles del divino Corazón”45.
Es tal la novedad que implicó la llegada de la Sociedad del Sagrado Corazón para este mundo católico chileno tan lejano que, sin duda, una nueva mirada a la historia social y religiosa del Chile decimonónico, desde la perspectiva del aporte de las congregaciones decimonónicas, posibilita un mejor acercamiento a la comprensión de la historia de la sociedad de ese entonces.

NOTAS:

1 Dentro de las nuevas fundaciones se destacaron, entre otras, las Ursulinas, la Compañía de Marie de Notre-Dame y la Congregación de Notre Dame.
2 Rapley, Elisabeth, A Social History of The Cloister. Daily Life in The Teaching Monasteries of The Old Regime, McCill-Queen’s University Press, Canadá 2001, p. 111 y ss.
3 Curtis, Sarah A., Educating The Faithful. Religion, Schooling, and Society in Nineteenth-Century France, Northern Illinois University Press, Illinois 2000, p. 10.
4 Fliche, Agustín y Víctor Martín, Historia de la Iglesia. Desde los orígenes a nuestros días, Edición española dirigida por José María Javierre, EDICEP, Valencia 1976, vol. XXIII, pp. 394-395.
5 Bricard, Isabelle, Saintes ou Pouliches. Léducation des jeunes filles au XIXe siècle, Editions Albis Michel, París 1986, p. 15.
6 Ibíd, p. 38.
7 Langlois, Claude, Le catholicisme au féminin. Les congregations françaises à supérieure générale au XIXe siècle, Les Editions du Cerf, París 1984, p. 265.
8 Langlois, Claude, op. cit., pp. 66-71. El autor aborda ampliamente el tema de las nuevas congregaciones femeninas del siglo XIX francés.
9 Ibíd, p. 635.
10 Ibíd, p. 214.
11 Ibíd, p. 324.
12 Ibíd, p. 395.
13 Ibíd, p. 635.
14 Ibíd, pp. 637-639.
15 Curtis, Sarah A., Educating the Faithful. Religión, Schooling, and Society in Ninenteenth-Century France, Northern Illinois University Press, 2000, p. 7. La autora hace un análisis importante sobre el valor de la contribución de la Iglesia en materias de educación en el siglo XIX francés.
16 Este aspecto era muy importante, debido al miedo al contagio.
17 La edad era muy variable. En Curtis, op. cit., p. 48.
18 Curtis, op. cit., 48
19 Curtis lo considera como una escuela normal, p. 50.
20 Curtis, op. cit., pp. 52-53.
21 Ibíd, p. 64.
22 Ibíd, p. 74.
23 Bricard, Isabelle, Saintes ou Pouliches. L’éducation des jeunes filles au XIXe siècle, Editions Albis Michel, París 1986, pp. 92-94.
24 Dufourcq, Elisabeth, Les aventurières de Dieu. Trois siècles d´histoire missionaire française, editions Jean-Claude Lattès, 1993, p. 329. La autora insiste en el interés de las familias desde América hasta Australia, por dar una educación “a la francesa” a sus hijas, para lo que se consideraba a las religiosas del Sagrado Corazón como las más adecuadas para lograrlo.
25 Williams, Margaret (RSCJ), La Sociedad del Sagrado Corazón, Historia de su espíritu. 1800-1975, Editado por la Sociedad del Sagrado Corazón, Madrid 1981, p. 66.
26 Carreel, Marie-France, Sophie Barat, un Project educatif pour aujourd’hui, Don Bosco, París 2003, p. VI.
27 Kilroy, Phil, Magdalena Sofía Barat. Una vida, Ediciones Encuentro, Madrid 2000, 15.
28 Ibíd, p. 106
29 Ibíd, pp. 107-109.
30 Ibíd, p. 229.
31 Ibíd, p. 396.
32 Era común que se les llamara así.
33 La primera fundación en América del Sur fue en Santiago de Chile en 1853, a cargo de Ana du Rousier.
34 La fundación de La Habana fue en 1858.
35 Dufourcq, la autora profundiza en el espíritu misionero de estas comunidades cristianas.
36 Kilroy, Phil., op. cit., p. 768.
37 Serrano, Sol (ed.), Vírgenes Viajeras. Diarios de religiosas francesas en su ruta a Chile 1837-1874, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago 2000, p. 170.
38 Ibíd, p. 41.
39 Riesco Salvo, Paz (RSCJ), La Sociedad del Sagrado Corazón en Chile 1853-1990, documento inédito, p. 2.
40 Serrano, Sol, op. cit. p. 71.
41 Ibíd, p. 75.
42 Ver Sol Serrano, op. cit.
43 Kilroy, Phil, op. cit., p. 253.
44 Sin autor, Vida de la Reverenda Madre Ana du Rousier, fundadora de las casas del Sagrado Corazón en Chile, Tipografía Pontificia de Herder en Friburgo, de Brisgovia, 1904, p. 260.
45 Sin autor, Vida de la Madre..., op. cit., pp. 350-351.

Anónimo dijo...
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magdalena dijo...

Una educación en la fe
La contribución de las Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús a la instrucción femenina chilena en el siglo XIX

A la hora de estudiar la educación femenina en el siglo XIX chileno, no se duda en dar especial protagonismo a las congregaciones religiosas francesas llegadas a Chile en ese mismo siglo. De gran importancia fueron los Sagrados Corazones de Jesús y María y la Sociedad del Sagrado Corazón. La primera llegó en 1837, y la segunda, en 1853. El propósito de este artículo es mostrar, por una parte, los orígenes de la Sociedad del Sagrado Corazón, y, por otra, la novedad que implicó para la sociedad chilena la educación brindada por sus religiosas.
A pesar de que la Sociedad del Sagrado Corazón fue fundada en 1800 por Sofía Barat, y la podemos contar como una de las tantas congregaciones religiosas activas que nacieron en Francia después de la Revolución, es necesario remontarse más atrás para comprender realmente su significado en el ámbito educacional.
En Francia solo se puede hablar de la existencia de una educación femenina a partir del siglo XVII. Puesto que, luego del Concilio de Trento, la Iglesia se vio en la necesidad de fomentarla como un medio de luchar contra el protestantismo. Para esto se valió de nuevas congregaciones religiosas, hijas del espíritu tridentino1. La Iglesia esperaba que se les diera a las mujeres desde su primera infancia una educación profundamente cristiana, para poder ejercer más tarde una buena influencia sobre su marido e hijos, dando a su familia sólidos principios religiosos2.
Estas órdenes religiosas vieron desaparecer a sus conventos con la Revolución Francesa que, en su guerra contra la religión, los eliminó en 1790. Sin embargo, a pesar del carácter anticlerical de la Revolución y de los estragos sufridos en la época del terror, la Iglesia francesa no solo logró sobrevivir, sino que incluso se robusteció. Y, una vez más, quiso valerse de la educación femenina para salir adelante. Se constituyó en una de sus misiones más importantes, convencida de que la educación cristiana de las madres incremen¬taría la fe en las generaciones siguientes3. Napoleón, por su parte, vio en el catolicismo una importante fuerza para el orden social y político, por esto, fue un gran impulsor del establecimiento de las nuevas órdenes activas: “nada de contemplativas ociosas, sino únicamente hospitalarias y profesoras”4.
El siglo XIX prestó mayor variedad en las posibilidades de la educación femenina. Ya no se trataba solamente de la educación que podía recibirse en los conventos, sino que además comenzaron los pensionados laicos y también existió la posibilidad de educar a las niñas en sus mismos hogares5.
Sin duda, para dar a las niñas una educación verdaderamente cristiana la mejor opción era el convento. Después del Concordato de 1801 entre Napo¬león y el papa Pío VII, los conventos que habían sido clausurados con la Revolución volvieron a abrir sus puertas, pero el monopolio de la enseñanza la tuvieron, principalmente, las congregaciones hijas de este siglo6.
Estas fueron una respuesta a la voluntad de reconquista espiritual que se vivió en la Francia posrevolucionaria. Hubo una verdadera proliferación de órdenes religiosas femeninas que se distinguieron por ofrecer una ayuda caritativa organizada para solucionar necesidades concretas de la sociedad. Se dedicaron preferentemente a satisfacer demandas hospitalarias y a la educación. Todo esto sin abandonar las prácticas de piedad heredadas de los antiguos conventos. Aunque no fueron todas idénticas, sí tuvieron rasgos comunes, como, por ejemplo, el hecho de tener cada cual una fundadora, figura central que imponía un sello a la nueva comunidad7; la existencia de una Casa Madre de la que dependían todas las demás casas de la congregación8; estaban bajo el control del obispo o su representante; pero lo fundamental fue que se trató de órdenes activas, presentes en el mundo9. Todo esto fue un reflejo de la renovación del catolicismo en el que las mujeres pasaron a ser la figura cen¬tral10.
En cuanto a las congregaciones dedicadas específicamente a la enseñanza, estas fueron favorecidas por la aceleración de la alfabetización femenina, el interés creciente del Estado por la educación primaria y el establecimiento de colegios exclusivos para niñas11. Por esta misma coyuntura, las educacio¬nistas tuvieron la posibilidad, en ciertos casos, de lucrar con el apostolado que ofrecían12, ya que fueron muy eficaces en lograr sus objetivos y tuvieron aptitudes para lograr rendimientos complejos, tanto en los campos, como en las ciudades13. Crearon distintos colegios, según los distintos grupos sociales. Así, sus capacidades se adaptaron a clientes diferentes. Incluso lograron llevar su influencia a sectores muy alejados del mundo de la enseñanza14. El éxito que alcanzaron en la enseñanza se explica entonces por sus buenas prestaciones y porque tuvieron un rol en lo público y en lo privado. Por esto, la contribución de la Iglesia a la educación primaria en la Francia decimo¬nónica fue enorme15.
Los conventos educacionistas tenían, en la primera mitad del siglo XIX, un personal adecuado para impartir enseñanza. No cualquiera podía entrar a una congregación. Se exigían requisitos mínimos, como: ser hijas legítimas, provenientes de una familia cristiana, buena salud16, edad suficiente17 y un grado básico de instrucción, a saber: lectura, escritura, buena memoria, nociones de gramática y aritmética, entre otros18. La preparación docente la obtenían en el noviciado19, ahí las candidatas eran observadas de cerca en sus aptitudes y en su piedad. Además de las principales materias como: instrucción religiosa, lectura, gramática, aritmética e historia, se incluía en el currículo de las futuras profesoras religiosas el canto, las artes de agrado, los trabajos manuales femeninos y la pedagogía20.
El desgaste físico, la lejanía y la baja remuneración eran dificultades a las que debían estar dispuestas a afrontar las profesoras de la Francia decimo¬nónica. Las congregaciones ofrecían a sus docentes algo mejor: los beneficios de una identidad corporativa y la posibilidad de ser misioneras y educadoras a la vez21. El sentido de pertenencia a una comunidad era la gran diferencia con respecto al personal docente laico22. Sin embargo, esta singularidad implicaba una seria obediencia a la regla de la congregación correspondiente, sobre todo, por tratarse de religiosas que ofrecían un servicio, muchas veces, muy lejos de la Casa Madre.
Aunque desde principios del siglo XIX ya no se ponía en duda el derecho de las mujeres a educarse, ellas recibían una instrucción muy distinta a la de los hombres. Esto se fundaba, por una parte, en las diferencias entre hombres y mujeres, que hacían que requirieran estudios distintos23; y, por otra, en el fundamento mismo de la educación, basado en el rol de las personas en la sociedad.
La educación femenina en los pensionados conventuales del siglo XIX tuvo una gran acogida, no solo en Francia, sino que se propagó por gran parte del mundo. La Sociedad del Sagrado Corazón fue una de las tantas congregaciones que se dedicaron a la educación, pero tuvo la particularidad de ser una de las que alcanzó mayor prestigio24.
Fundada en 1800 por Sofía Barat y aprobada oficialmente por el papa León XII en 182625, tuvo por objetivo edificar la Sociedad del Sagrado Corazón según el tipo apostólico ignaciano y reconstituir la sociedad sobre valores cristianos, por medio de la educación de las niñas de las clases dirigentes26. Específicamente, se quería educar a las mujeres jóvenes procedentes, tanto de la aristocracia y de las clases medias altas, como también de los sectores más desfavorecidos. Esto se concretó con la fundación de internados y externados, ubicados normalmente en el mismo lugar27. En el siglo XIX no se mezclaba a las alumnas. Al lado de los pensionados para alumnas “ricas”, figuraban las escuelas para “pobres”. Esta segregación implicaba que no todas las niñas podían ser educadas de la misma forma.
Las primeras fundaciones llevadas a cabo causaban mucha curiosidad entre los vecinos. No era común, hasta ese momento, que mujeres solas se establecieran en una casa y empezaran a tener vida de oración e impartieran enseñanza. Era un modelo de vida religiosa activa que recién comenzaba en Francia. Por lo mismo, hubo muchas críticas e incomprensión28. No obstante, en pocos años las fundaciones se fueron extendiendo por Francia.
En cuanto a la vida de las religiosas, la fundadora, siendo una gran impulsora de la vida activa, no descuidó en absoluto lo que se refería a la vida de oración. Tomando como ejemplo a la Compañía de Jesús, daba mucho énfasis a la oración personal en la capilla, al silencio, al arrepentimiento público y a las restricciones alimenticias29. En definitiva, se apoyaba en la clausura para la oración, pero no quería rejas a la hora de educar30.
Ya en 1815 la Sociedad del Sagrado Corazón estaba formada por ciento ocho mujeres. En los comienzos de la Restauración se vio una actitud muy favorable hacia las nuevas congregaciones, lo que permitió que la Sociedad del Sagrado Corazón continuara expandiéndose; incluso se pudo establecer la primera casa fuera de Francia, el año 1818, en Luisiana. Sin embargo, en la década de 1830 especialmente, las religiosas fueron muy criticadas por su nivel demasiado elemental y por la falta de formación de las profesoras31. Probablemente influyó en estos cargos el hecho de que las Damas del Sagrado Corazón32 fueran vistas como demasiado favorables a los Borbones, lo que las llevó a tener más de algún enemigo.
Por el hecho de educar a la aristocracia y por haber logrado en ella un vivo interés de que sus hijas se instruyeran en los pensionados de la Sociedad del Sagrado Corazón, las religiosas fueron consideradas como elitistas. No obstante, según los parámetros de la época, habría sido contraproducente educar de la misma forma a las alumnas de las distintas capas sociales. Pese a esto, no se puede negar que los pensionados del Sagrado Corazón contaban entre sus alumnas y religiosas a niñas y mujeres pertenecientes a las mejores familias de Francia.
La expansión de la Sociedad alcanzó un ritmo impresionante en las décadas de 1820 y 1830. Además de las casas francesas y las de Estados Unidos, hubo fundaciones en el Piamonte y en el Imperio Austro-Húngaro. A pesar de los problemas internos que tuvieron Francia y Europa, tanto en los años treinta, como a fines de los cuarenta, la Sociedad no se debilitó y continuó difundiéndose por el mundo. Es más, la Superiora General seguía esforzándose en la formación de las religiosas y en el mejoramiento de la educación impartida en los colegios. Había que adecuarse a los tiempos. Con la revolución de 1848, en Europa muchas casas cerraron y quedaron religiosas disponibles. Esta coyuntura fue utilizada por Sofía Barat para llevar a cabo fundaciones más lejanas, como lo fueron las de América del Sur33 y de Cuba34.
El espíritu misionero fue propio de las religiosas del Sagrado Corazón del siglo XIX, que llevaban la caridad a distintas partes del mundo35. “En el siglo XIX, el mundo de las misiones estaba lleno de aventuras y heroicidad; había que adentrarse en lo desconocido, traspasar fronteras y descubrir nuevos horizontes. Era una vía que se abría a las religiosas, que les proporcionaba una autonomía que no era habitual para las mujeres de aquella época. La Iglesia apoyaba estas iniciativas teniendo en cuenta el propósito de estas misiones”36.
La partida a tierras lejanas y desconocidas era, muchas veces, sin retorno. Es interesante conocer el sentimiento de una de las tantas religiosas que dejaron su patria en el momento de partir: “Bajamos al pequeño barco a vapor que nos llevaría a la nave, ya mar afuera. ¡Es un momento bien solemne, mi Reverenda Madre, cuando se desatan las últimas cuerdas, cuando levantan la pesada escala!... ¡Se interrumpe entonces toda la comunicación con Francia! El barco comienza a moverse, todos se levantan como para decir un último adiós a esta querida Francia. Un silencio profundo sucede al rumor general de los adioses recíprocos. Nosotras, creo que renovamos al Señor desde lo profundo del corazón, la ofrenda de nuestro sacrificio para su mayor gloria y la salvación de las almas. ¡Oh, cómo sentimos en ese momento la gracia de las bendiciones de nuestras Veneradas Madres y las oraciones de nuestras queridas hermanas!”37.
Uno de los lugares más remotos a los que llegó la Sociedad del Sagrado Corazón en el siglo XIX, fue Santiago de Chile. Desde 1851, el arzobispo Rafael Valentín Valdivieso, había pedido a Sofía Barat una fundación para la capital de Chile, sin embargo, esta se concretó tres años más tarde, pues no se contaba con el personal suficiente. La fundadora consideró que la persona adecuada era Ana du Rousier, quien tenía bastante experiencia, pues había estado en el Piamonte entre 1823 y 1848, luego expulsada de allí se había ido a París, para después ser nombrada visitadora en las casas de América del Norte. En eso se encontraba cuando se concretó la fundación de Chile.
La petición de Valdivieso era muy clara. Él necesitaba profesoras muy bien formadas. El personal para Chile, decía, debía ser más selecto que el de Europa “no porque valgamos más que esos países, sino porque la distancia en que estamos reagrava las necesidades [...,] por acá la Prelada tiene que obrar por sí en casi todos los casos. En aquellas regiones, la reputación de la Congregación está bien asentada, al paso que aquí es poco conocida y las gentes formarán juicio de ella por las personas que compongan la Congregación”38.
El 23 de julio de 1853, Ana du Rousier recibió una carta de Sofía Barat que le pedía partir a Chile a llevar a cabo una fundación a pedido del arzobispo Valdivieso. Joaquín Larraín, eclesiástico chileno, la esperaba en Nueva York para acompañarla durante su viaje.
Al enterarse Ana du Rousier de que había sido elegida para ir a fundar a Chile escribió a Valdivieso: “Las religiosas del Sagrado Corazón aceptan con gratitud la proposición que se les hace de ir a trabajar por la gloria de Dios en la República de Chile, por la educación de las jóvenes”. “Enviaremos, pues, un número suficiente de maestras para enseñar el francés, inglés, historia, geografía, elementos de literatura e historia natural, física, mineralogía, botánica, astronomía, así como la música, el dibujo y las labores de aguja.
La instrucción religiosa y las virtudes domésticas son la base de la educación dada a las alumnas del Sagrado Corazón”39.
En Chile las posibilidades de educación para las mujeres eran mínimas y la vida religiosa solo ofrecía la posibilidad de la clausura conventual. Hasta ese momento, la mayoría se educaba en el espacio familiar, en el caso de la elite, o bien en las escuelas parroquiales, en el caso de los sectores más pobres. Hacía pocos años, en 1837, había llegado la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María, y estaba educando niñas en sus colegios de Valparaíso y de Santiago. En vista del éxito alcanzado por esta última y la amenaza del surgimiento de colegios laicos, para Valdivieso era muy necesario lograr traer a Chile a la Sociedad del Sagrado Corazón.
Las congregaciones tenían un personal calificado femenino sin equivalente en la sociedad chilena de la época, donde recién se comenzaban a profesionali¬zar los servicios y conocimientos a través de la educación pública masculina. Sin duda, en educación, estas monjas, eran lo más profesional de su época40.
Así como en la Francia posrevolucionaria, en el Chile decimonónico, la educación femenina adquirió gran relevancia para la Iglesia, reconociendo a la mujer como un agente educativo de primer orden en la familia. Más aún, considerando la coyuntura ideológica, en que la sociedad chilena estaba viviendo un proceso de laicización. Educando a la mujer en los valores cristianos, la familia, y, por lo tanto, la sociedad, se vería protegida del peligro anticlerical. Por esto, “las monjas debían educar a las madres para hacer del ámbito doméstico el bastión de la religión. Esto significaba una transformación del rol femenino. La sola familiaridad con la cultura escrita cambiaba el vínculo de las mujeres no solo con la religión, sino con todos los saberes. La educación de la elite femenina en sí significaba un cambio hacia prácticas modernas que transformaban la vida privada y la pública”41.
A pesar de las dificultades, una vez llegadas a Chile, las religiosas lograron un buen número de alumnas. No obstante, también el Estado quiso valerse del método de trabajo y el profesionalismo de las religiosas del Sagrado Corazón, al encomendarles, pocos meses después de su llegada, la primera escuela normal de preceptoras. Esta empezó a funcionar en febrero de 1854. Así, se estaba confiando a religiosas recién llegadas la formación del profesorado femenino chileno. Esto tiene mucha trascendencia, porque, si bien en todo el mundo, los colegios del Sagrado Corazón eran considerados como los más aristocráticos, se puede ver que, en Chile, las religiosas pudieron llegar a todos los sectores sociales. Con los pensionados educaban a la elite, con las escuelas gratuitas a las niñas más pobres, y, con la Escuela Normal a la incipiente clase media chilena.
Ana du Rousier llevaba más de un año en Chile cuando llegó la primera colonia de religiosas el 1 de noviembre de 1854. Gracias a este refuerzo pudo seguir ampliando su tarea educativa. Debido a la buena reputación de su forma de impartir enseñanza, pronto empezaron a ser solicitadas fundaciones del Sagrado Corazón en distintas partes del país. Así, en 1858, se establecieron en Talca; en 1867, en Concepción; en 1873, en Chillán, en este caso, también con una escuela normal; en 1870, en Valparaíso. Desde Chile partirían fundaciones a Perú en 1876, y a Argentina en 1880, poco después de la muerte de Ana du Rousier.
Estas fundaciones fuera de Santiago tuvieron grandes costos de todo tipo. Era volver a empezar en cada lugar. Además, los viajes mismos, como se nos relata en los diarios42 , eran peligrosos y sacrificados. Pero siendo el primer apostolado de las religiosas la educación, eran necesarias todas estas verdaderas aventuras en nombre de Dios, para ponerlo en práctica.
Esta “educación a la francesa” fue, sin duda, muy exitosa en el Chile decimo¬nónico, pues se trataba de algo novedoso: gracias a ella las niñas de la elite fueron escolarizadas. Tuvieron un sistema moderno de educación, que implicaba estar internas; según los parámetros de ese momento, la única forma de lograr una verdadera educación. Los conocimientos elementales fueron enseñados en forma sistemática, según un plan de estudios preconcebido que contemplaba las siguientes asignaturas: religión, lectura, caligrafía, historia, geografía, cosmografía, gramática, aritmética, literatura, mitología, física, his¬toria natural, labores de mano, piano y canto, dibujo y pintura. Sin embargo, el concepto de educación era mucho más amplio que el plan de estudios; se trataba no solo de instruir en conocimientos básicos a las niñas, sino que también de darles una formación moral profunda para poder enfrentar el mundo, y además la compostura necesaria y buenos modales dignos de su naturaleza femenina. En definitiva, las religiosas del Sagrado Corazón educaron según el papel de cada cual en la sociedad, en función “de las mujeres llamadas a impulsar la vida familiar, la vida de la Iglesia y la vida en el mundo, según los casos”43.
Sin embargo, la contribución de la Sociedad del Sagrado Corazón a la sociedad chilena no se limitó simplemente a las aulas de clases de escuelas e internados. Las religiosas también difundieron la devoción al Sagrado Corazón y las prácticas de piedad que implicaba, como, por ejemplo, la comunión los primeros viernes y el uso del escapulario. También gracias a esta congregación empezó a celebrarse solemnemente la Primera Comunión y lo mismo ocurrió con el Mes de María.
El modelo de vida religiosa activa, propio del tiempo, en los comienzos fue tan novedoso para los chilenos que no solo se sorprendieron de poder ver a las religiosas, sino que incluso llegaron a escandalizarse por la relación que tenían estas monjas con el trabajo doméstico y manual44. Esto es ilustrativo de la diferencia de costumbres que tenían las religiosas francesas con respecto a los chilenos en general. En palabras de Ana du Rousier: “Las que aspiran a ir a las misiones se forman a veces ideas muy erróneas sobre las pruebas que les esperan. En Chile no tendrán nada que temer de las culebras ni dor¬mirán tampoco en ranchos ni sobre pieles de búfalo ni se alimentarán exclusivamente de patatas, maíz y arroz; pero en cambio de estas privaciones imaginarias, tendrán realmente que comer el pan de la abnegación, a consecuencia del sacrificio de la patria, de las personas queridas, de las costumbres de su país para hacerse a otros usos y al distinto carácter de las niñas. Las que consideran desde este punto de vista el privilegio de trabajar en lejanas tierras, viven felices y son verdaderos apóstoles del divino Corazón”45.
Es tal la novedad que implicó la llegada de la Sociedad del Sagrado Corazón para este mundo católico chileno tan lejano que, sin duda, una nueva mirada a la historia social y religiosa del Chile decimonónico, desde la perspectiva del aporte de las congregaciones decimonónicas, posibilita un mejor acercamiento a la comprensión de la historia de la sociedad de ese entonces.

NOTAS:

1 Dentro de las nuevas fundaciones se destacaron, entre otras, las Ursulinas, la Compañía de Marie de Notre-Dame y la Congregación de Notre Dame.
2 Rapley, Elisabeth, A Social History of The Cloister. Daily Life in The Teaching Monasteries of The Old Regime, McCill-Queen’s University Press, Canadá 2001, p. 111 y ss.
3 Curtis, Sarah A., Educating The Faithful. Religion, Schooling, and Society in Nineteenth-Century France, Northern Illinois University Press, Illinois 2000, p. 10.
4 Fliche, Agustín y Víctor Martín, Historia de la Iglesia. Desde los orígenes a nuestros días, Edición española dirigida por José María Javierre, EDICEP, Valencia 1976, vol. XXIII, pp. 394-395.
5 Bricard, Isabelle, Saintes ou Pouliches. Léducation des jeunes filles au XIXe siècle, Editions Albis Michel, París 1986, p. 15.
6 Ibíd, p. 38.
7 Langlois, Claude, Le catholicisme au féminin. Les congregations françaises à supérieure générale au XIXe siècle, Les Editions du Cerf, París 1984, p. 265.
8 Langlois, Claude, op. cit., pp. 66-71. El autor aborda ampliamente el tema de las nuevas congregaciones femeninas del siglo XIX francés.
9 Ibíd, p. 635.
10 Ibíd, p. 214.
11 Ibíd, p. 324.
12 Ibíd, p. 395.
13 Ibíd, p. 635.
14 Ibíd, pp. 637-639.
15 Curtis, Sarah A., Educating the Faithful. Religión, Schooling, and Society in Ninenteenth-Century France, Northern Illinois University Press, 2000, p. 7. La autora hace un análisis importante sobre el valor de la contribución de la Iglesia en materias de educación en el siglo XIX francés.
16 Este aspecto era muy importante, debido al miedo al contagio.
17 La edad era muy variable. En Curtis, op. cit., p. 48.
18 Curtis, op. cit., 48
19 Curtis lo considera como una escuela normal, p. 50.
20 Curtis, op. cit., pp. 52-53.
21 Ibíd, p. 64.
22 Ibíd, p. 74.
23 Bricard, Isabelle, Saintes ou Pouliches. L’éducation des jeunes filles au XIXe siècle, Editions Albis Michel, París 1986, pp. 92-94.
24 Dufourcq, Elisabeth, Les aventurières de Dieu. Trois siècles d´histoire missionaire française, editions Jean-Claude Lattès, 1993, p. 329. La autora insiste en el interés de las familias desde América hasta Australia, por dar una educación “a la francesa” a sus hijas, para lo que se consideraba a las religiosas del Sagrado Corazón como las más adecuadas para lograrlo.
25 Williams, Margaret (RSCJ), La Sociedad del Sagrado Corazón, Historia de su espíritu. 1800-1975, Editado por la Sociedad del Sagrado Corazón, Madrid 1981, p. 66.
26 Carreel, Marie-France, Sophie Barat, un Project educatif pour aujourd’hui, Don Bosco, París 2003, p. VI.
27 Kilroy, Phil, Magdalena Sofía Barat. Una vida, Ediciones Encuentro, Madrid 2000, 15.
28 Ibíd, p. 106
29 Ibíd, pp. 107-109.
30 Ibíd, p. 229.
31 Ibíd, p. 396.
32 Era común que se les llamara así.
33 La primera fundación en América del Sur fue en Santiago de Chile en 1853, a cargo de Ana du Rousier.
34 La fundación de La Habana fue en 1858.
35 Dufourcq, la autora profundiza en el espíritu misionero de estas comunidades cristianas.
36 Kilroy, Phil., op. cit., p. 768.
37 Serrano, Sol (ed.), Vírgenes Viajeras. Diarios de religiosas francesas en su ruta a Chile 1837-1874, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago 2000, p. 170.
38 Ibíd, p. 41.
39 Riesco Salvo, Paz (RSCJ), La Sociedad del Sagrado Corazón en Chile 1853-1990, documento inédito, p. 2.
40 Serrano, Sol, op. cit. p. 71.
41 Ibíd, p. 75.
42 Ver Sol Serrano, op. cit.
43 Kilroy, Phil, op. cit., p. 253.
44 Sin autor, Vida de la Reverenda Madre Ana du Rousier, fundadora de las casas del Sagrado Corazón en Chile, Tipografía Pontificia de Herder en Friburgo, de Brisgovia, 1904, p. 260.
45 Sin autor, Vida de la Madre..., op. cit., pp. 350-351.

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